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El vecino del 4B

Publicado:  at  09:02 AM

¿Será que algún día revisaré este buzón y encontraré algo más que cuentas por pagar, bonos de supermercado inútiles y promocionales sin sentido? Bueno, al menos mi buzón está limpio. No sé qué piensa el maníaco del 4B, su buzón está que estalla. Una factura más y seguro vendrá el fisco a buscarlo.

Pensándolo bien, nunca he visto a esa persona. Quizás esté abandonado ese apartamento. Pero no puede ser posible, juro por mi abuela que he escuchado pasos, puertas cerrándose y la regadera correr por horas y horas. Seguro es un friki que no le gusta la luz del sol. Es mejor que se quede allí dentro, ya bastante tengo con la religiosa del 2A y sus oraciones a las cinco de la mañana.

Fue un día largo. Ojalá que ese tarado no tome una de esas duchas de dos horas, el sonido del agua cayendo no me deja dormir bien. O al menos que no dé uno de esos portazos a medianoche. Un día de estos voy a morir de un susto.

Voy a leer un rato y esperaré los pasos, esa será mi señal para dormir. No faltará mucho, generalmente siempre se le da por hacer una maratón en la sala sobre las once de la noche. Casi termino mi libro, me sumergí tan profundamente en la historia que no me fijé en la hora. Son las doce y cuarto, parece que mi amigo de arriba hoy no tendrá su maratón nocturna. Dormiré, seguro se da una ducha en breves.

Dos y cuarenta minutos, no logro dormir. Estuve dando vueltas un rato en la cama pero no logro conciliar el sueño. Leí un poco más pero me aburrí. No sé qué pasa, nunca había sufrido de insomnio y menos un día como hoy después de tanto trabajo asqueroso. Creo que voy a tomar un par de gotas para dormir, debo levantarme en un par de horas para ir de nuevo al trabajo.

Acaba de sonar la alarma, no logré dormir un minuto. Me siento terrible. Tomaré una ducha fría, comeré y beberé una docena de tazas de café y saldré a mi rutina. Espero no dormirme en mis laureles.

Vaya día de mierda, no logré concentrarme en nada. Intenté dormir un poco en el baño pero no lo logré. Espero que esta noche pueda descansar mejor.

Once y media de la noche. Silencio absoluto. Ningún paso. Ninguna puerta cerrándose. El agua no corre por las tuberías. Me quedé en la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad, esperando. Solo el zumbido del refrigerador y el latido acelerado de mi propio corazón.

Tres días después, llamé al administrador del edificio.

—¿El 4B? —dijo con tono extraño—. Ese departamento lleva desocupado desde hace seis meses. El inquilino anterior murió… un ataque al corazón, creo. ¿Por qué pregunta? Colgué sin responder.

Esa noche intenté dormir con audífonos, con música, con la televisión encendida. Nada funcionaba. Mi cuerpo había aprendido a necesitar esos sonidos como una especie de canción de cuna retorcida. Los pasos a las once, la puerta cerrándose a las once y quince, el agua corriendo hasta la medianoche. Mi cerebro los esperaba, los exigía.

Una semana sin dormir. Dos semanas. Las gotas no ayudaban. Las pastillas tampoco. Perdí mi trabajo. Dejé de salir. Me la pasaba acostado en la cama, en el silencio ensordecedor, esperando unos pasos que nunca volverían.

A veces, en mi delirio, creía escucharlos. Me incorporaba de golpe, con una sonrisa estúpida en los labios, pensando “por fin”. Pero no. Solo era el viento, o la religiosa del 2A, o mi propia locura.

Lo irónico es que ahora sé lo que escuché aquella última noche, cuando los sonidos cambiaron. No fueron pasos diferentes. Fue el silencio mismo tomando forma, viniendo a instalarse en mi vida para siempre.

Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Yo perdí la cordura por culpa de unos pasos molestos, una puerta ruidosa y una ducha eterna. Ahora daría lo que fuera por volver a escucharlos. Daría mi alma por poder quejarme otra vez del maníaco del 4B.

Pero el 4B está vacío.

Y yo también.



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