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Cuando leas esto serán las siete y tres minutos

Publicado:  at  09:00 AM

El lunes. No entiendo por qué la gente se molesta tanto por este día. “El inicio de la semana”, dicen algunos. Para mí es otro día más. Iré por un café cargado y a iniciar la infinita rutina de revisar un correo tras otro hasta que el reloj marque las cinco.

Tenía ciento cincuenta y dos correos por leer. Parece una gran cantidad, pero para ser lunes podría decir que era un récord: nunca había menos de trescientos para un día como hoy a las siete de la mañana. Hice un barrido rápido para ver si algo ameritaba atenderlo antes que los demás.

La bandeja de entrada se deslizaba suave hacia abajo mientras leía rápidamente los asuntos. Nada interesante. Hasta que algo llamó mi atención: uno de los correos tenía por asunto “Cuando leas esto serán las siete y tres minutos”.

Por algunos segundos me quedé leyendo una y otra vez esas palabras. Cuando reaccioné y bajé la vista para ver la hora en mi computadora, un ligero escalofrío pasó por mi espalda. Eran las siete y tres minutos exactos.

No lo dudé ni un segundo. Abrí el correo al instante para ver qué clase de broma o correo basura podría ser. Lo ojeé rápidamente: no era muy largo, no contenía imágenes, archivos adjuntos ni enlaces extraños, por lo que decidí prestarle un poco más de atención al texto.

“Hola Edd, ya que viste que no hay nada extraño en el correo, quiero que te levantes de tu asiento. Tu compañero Mat está a punto de llegar a su cubículo y va a derramar su café al tropezar con su silla…”

Al principio una pequeña risa se dibujó en mi rostro. “Qué graciosos son los de IT”, pensé. Pero por alguna razón me incorporé, levantando solo un poco mi rostro por encima de mi cubículo. Allí estaba Mat, y tengo que admitir que aún me causa algo de sorpresa recordarlo: tal como decía el correo, Mat tropezó e hizo un desastre con su café.

Volví a mi asiento con el corazón latiendo un poco más rápido. No entendía qué pasaba. Si era una broma, estaba muy bien pensada. Mis ojos volvieron mecánicamente al lugar donde me detuve.

“…vaya desastre hizo Mat. Y no, Edd, no es una broma de tus compañeros. Es mejor que minimices la ventana, tu supervisor vendrá a preguntarte por el informe de la semana…”

Tan pronto leí eso, escuché los viejos mocasines de Tom acercándose. Aún no entiendo por qué cambié de ventana, pero lo hice. Y tal como lo advirtió el correo, Tom quería preguntar si el informe estaría listo para el miércoles.

Cuando Tom se alejó, mis manos temblaban ligeramente sobre el teclado. Dos coincidencias. Dos predicciones exactas. Volví al correo con una mezcla de fascinación y miedo.

“…sé que estás asustado, Edd. Puedo sentirlo. Pero necesito que sigas leyendo. En exactamente cuarenta y cinco segundos sonará tu teléfono. Es tu madre. No contestes. Ella quiere preguntarte si irás a cenar el domingo, pero si contestas ahora, te dirá algo más: que tu padre tuvo un pequeño mareo esta mañana. Eso arruinará tu día y no podrás concentrarte. Déjala dejar el mensaje de voz. Llámala después del trabajo. Tu padre está bien.”

Me quedé paralizado mirando la pantalla. Nadie sabía que mi padre había tenido problemas de presión últimamente. Ni siquiera mis compañeros. Miré el reloj de mi computadora y conté mentalmente. Cuarenta y cinco, cuarenta y cuatro, cuarenta y tres…

A los cinco segundos, mi teléfono celular vibró sobre el escritorio. El nombre de mamá iluminó la pantalla.

No contesté.

Dejé que sonara hasta que se fue al buzón de voz. Sentía la boca seca. Esto ya no era una broma. Esto era imposible.

“…bien hecho, Edd. Ahora respira. Sé que esto es difícil de procesar, pero queda una última cosa. A las nueve y cuarto, vas a recibir un mensaje de texto de un número desconocido. Es de Elena, ¿recuerdas a Elena? La chica del café de la esquina a la que nunca te atreviste a hablarle. Te va a escribir porque encontró tu número en un currículum que dejaste olvidado la semana pasada en la barra. Va a preguntarte si quieres tomar un café. Di que sí, Edd. Por una vez en tu vida, di que sí.”

Un sudor frío me recorrió la espalda. Elena. Llevaba seis meses comprando café en ese lugar solo para verla. Jamás le había hablado a nadie de ella. Era mi secreto más patético y privado.

“…bien, creo que por hoy es suficiente. Cierra esto y atiende el correo que llegará cuando termines de leer esto. Es de Patt y quiere que le ayudes con los ajustes de los cobros. Disfruta tu día, Edd. Y no intentes responder a este correo. No funcionará.Nos vemos el próximo lunes.O quizás antes.”

Cerré el correo con manos temblorosas. De inmediato, como si hubiera estado esperando ese momento exacto, llegó un nuevo correo: Patt, asunto “Ajustes de cobros urgentes”.

Las horas pasaron en una nebulosa. Trabajé mecánicamente, pero mi mente estaba en otra parte. A las nueve y cuarto en punto, mi teléfono vibró. Mensaje de texto. Número desconocido.

“Hola, soy Elena del Coffee Break. Encontré tu currículum la semana pasada. Sé que es raro, pero… ¿te gustaría tomar un café algún día?”

Respondí que sí con dedos temblorosos.

Ahora espero cada lunes con una mezcla de ansia y terror. Reviso mi bandeja de entrada con el estómago revuelto, sin saber si quiero que ese correo aparezca o no. Intenté responder al remitente, pero jamás recibí respuesta.

El segundo lunes no llegó nada. Tampoco el tercero. Empecé a pensar que todo había sido una alucinación, algún tipo de colapso nervioso.

Pero el cuarto lunes, a las siete y tres minutos exactos, ahí estaba. Asunto: “Ya extrañabas esto, ¿verdad?”

Esta vez, cuando abrí el correo, solo había una línea:

“Salió bien con Elena, ¿no es así? Te dije que dijeras que sí. Por cierto, Edd… yo también dije que sí. Nos vemos pronto.”

Debajo, había una firma que no estaba en el primer correo:

“Con cariño, Edd.”

Me quedé mirando la pantalla sin poder respirar. Lentamente, como si mis manos no me pertenecieran, bajé hasta el remitente del correo. La dirección era la mía. Mi propia dirección de correo corporativo.

Ya los lunes no son un día más. Ahora son el día en que descubro qué más sabe de mí la persona que usa mi nombre, mi correo, y que parece conocer cada detalle de mi vida.

O peor aún: lo que sabré cuando finalmente entienda quién es realmente el que escribe esos correos.



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